Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250.
Extraído de Las Babas del Diablo, de Julio Cortázar.


Y así es como Julio me justifica como fotógrafo, o como intento de. Por este tipo de cosas es que se gana un lugar en mi corazón. Además, me deja latente la idea de que el que escribe es también un fotógrafo, y que Julio no sólo hablaba de la fotografía, sino de todas las artes, porque estoy seguro de que no hay genio que no reuna esas tres cualidades. Hasta ahora, de las tres artes en las que he incursionado seriamente (escritura, fotografía y música), me lo han demostrado. Que hay que ser disciplinado, que hay que ser educado en cuanto a la estética y que hay que tener los dedos seguros, tanto para fotografiar ese brillo de ese rayo de sol en esos ojos, como para decir lo que se nos ocurra o para tocar esas notas una atrás de la otra. De aquí podemos hablar de esa idea de Borges, que decía que todos los escritores eran el mismo, y que toda la literatura era la misma, y que todo era uno y muchos y así hasta el infinito (que es muy parecido a la nada), y que todas las artes son el Arte.

Pero me aparté de mi idea original, que era profesar mi aprecio hacia las palabras de Julio, y de cómo vindicaban a los artistas. ¿Quién no querría tener esas cualidades? Creo que el éxito en cualquier arte nos indica como inequívocos poseedores de esas cualidades.

En mi caso, mis fotos tienen cierta aceptación, y eso me llena de orgullo. Si alguna vez, en el medio de la depresión, soñé que mi persona ya no existía, que nunca había existido, que nunca lo haría, y que si lo hacía en cualquiera de las tres instancias sería sin importancia (“baladí”, dijera Borges), y que si había alguna manera de justificarme (y hacerme inmortal, porque así lo son las cosas con propósito), era a través de mis obra y de mi obra, porque tienen un carácter mucho más eterno que nosotros; me encontré con que, de alguna forma u otra me hice inmortal, de alguna forma u otra me salvé (de mí, seguramente), y de alguna forma u otra ya estoy del otro lado.

El sentimiento de que estamos ganando, de que para mí y todos los que soy, para todos los que somos, las cosas están saliendo bien de alguna forma u otra, me infla el pecho de alegría. Cada vez que siento que a alguien le gustan mis escritos, mis fotos, mi música, mis palabras, mi mirada o mis abrazos, la alegría se apodera de mí y me reduce a una masa tímida de persona, en la que todos mis yo se sonrojarán (para adentro o para afuera), dirán “gracias” o “no es nada”, sonreirán, y en el caso del abrazo lo repetirán.

Pero sí, cada vez más arriba en la tabla, cada vez más encima, cada vez más infundadas mis alegrías, pero cada vez más alegres. Julio, que seguro es mi “ídolo” me acaba de decir que cada vez que me gusta mi trabajo (mi trabajo, mi obra, mis obras, mis acciones, mis actos), tengo disciplina, educación estética y dedos seguros. ¿Cómo podría sentirme más halagado?

Al momento de dejar de escribir estas hojas, la alegría me invade; estoy en un Mc Donalds, escuchando música malísima (se nota que me saqué el sombrero de músico, así como Michel se podía sacar el de fotógrafo), el cafe´se me acabó y en un rato tengo un examen. Nunca más infundadas mis alegrías, pero nunca más alegres.

Será que me estoy terminando de enloquecer, pero, ¡estamos ganando! “¡Vivan locos, vivan, los locos que inventaron el amor!” Y hoy, el amor (como el Arte) es una puerta abierta, mucho más que nunca.


Diego Pérez, 3 de Julio de 2007, Montevideo

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